lunes, 6 de marzo de 2017

                                       LA NOCHE DEL REGRESO

Cuento de Terror 14: "La Noche del Regreso"
De inmediato comenzó a preparar las valijas; Lucrecia se paró detrás de él. 
-¿A dónde vas?- le preguntó con voz temblorosa. 
    -Ya te dije que me voy. Me cansaste, Lu. No volveré nunca más. 
   -Juro que voy a cambiar- suplicó ella-. Juro que no voy a seguirte ni revisarte el celular. Por favor… 
    -Ya prometiste eso varias veces. Ahora no hay vuelta atrás. Adiós. 
   Salió presuroso del departamento, dejando a la chica derrumbada sobre la cama, llorando. Al rato llamó una amiga, y entre hipidos y sollozos Lucrecia le contó lo que acababa de suceder. 
    -Conozco una bruja que puede hacer que Jorge vuelva a tus brazos- dijo la amiga después de un momento-. Yo misma lo hice con mi primer novio. Funcionó. 
    -Yo no creo en esas cosas. Yo sólo quiero morir. 
    -Vamos a verla, y después me cuentas. 
    Así que a la tarde fueron a visitar a la bruja, que atendía en una casa de un solo piso en las periferias de la ciudad. La mujer, que olía muy mal y tenía un pañuelo anudado en la cabeza, al estilo de los gitanos aunque no era gitana, luego de escuchar el angustiado relato de Lucrecia se dio vuelta y revisó entre las chucherías del cajón de su escritorio. 

   -Esto hará que tu novio vuelva antes de la medianoche, querida- le prometió, extendiéndole un frasco con un líquido blancuzco dentro-. Sólo debes esparcir el contenido de este frasco sobre una fotografía de él, y tu novio te amará por siempre, hasta el fin de tus días. 
    Como no tenía nada que perder, una vez en el departamento Lucrecia hizo lo que la bruja le había indicado, y luego se sentó sobre el sofá a esperar. A eso de las diez de la noche, llamaron por teléfono. 
     -¿Jorge?- dijo ella con alegría. 
    -¿Lucrecia?- dijo una voz desconocida, que la desorientó por completo-. Habla Roberto, un amigo de tu novio. Hubo… hubo un accidente. Al mediodía. Un choque en la carretera. Él no sobrevivió. 
    -¿Qué?- dijo la chica, con súbitas y ardientes lágrimas en los ojos-. ¿De qué estás hablando? 
   -Pero eso no es todo- dijo Roberto, cuya voz se escuchaba muy angustiada-. Su cadáver desapareció. Estaba en la morgue, y alguien se lo llevó hace un rato. No saben cómo ocurrió, pero el asunto es que… 
     La chica soltó el teléfono y se desmayó. 
   Se despertó tiempo después, con el llamado del portero eléctrico. Se incorporó y miró la hora del celular. Eran las once y media de la noche. Encendió la luz de la cocina y recordó la terrible conversación que había tenido con Roberto, el amigo de su novio: Jorge estaba muerto y su cadáver desaparecido de la morgue. ¿Acaso no estaría viviendo una interminable pesadilla? 
    El timbre no paraba de sonar, y Lucrecia, con la cabeza aún mareada, se acercó al el teléfono del portero y miró la pantalla. Había algo allí abajo, en el porsche. Estaba cubierto de polvo y tenía las ropas destrozadas: miraba hacia la cámara con una fijeza espantosa. Era su novio. Sólo que estaba despedazado por el accidente y su cara se había deformado y parecía una especie de embudo. No dejaba de mirarla a través de la cámara, con ojos implorantes, y entonces fue que Lucrecia recordó las palabras de la bruja: “Te amará por siempre, hasta el final de tus días…”

                                  UNA NOCHE EN EL HOSPITAL

Cuento de Terror 13: "Una Noche en el Hospital"
    Me incorporé de la cama y miré hacia los pies. Esperaba encontrar mi cuerpo cubierto de yeso, pero me sorprendió descubrir que ni siquiera tenía una escayola en el brazo. Había salido milagrosamente ileso del accidente, y apenas si me dolía la cabeza, aunque me sentía más mareado que otra cosa. Giré la vista hacia la ventana; pese a que las celosías estaban cerradas supuse que debía ser de noche, porque el hospital estaba en calma y no se escuchaba el bullicio habitual de un sanatorio durante las horas diurnas.
    -Parece que fue un accidente con suerte- dijo una voz a mi derecha. Miré en esa dirección, y vi a un anciano recostado en la cama vecina, que leía un libro. Le dije que sí, que probablemente así había sido, y luego le pregunté si sabía cómo llamar a las enfermeras. 
    -Tiene un timbre ahí al costado- dijo el viejo, con gestos sorprendidos-. ¿Acaso le duele algo? 
     -No, pero tengo sed. Mucha sed. ¿Hace mucho que estoy aquí? 
    -No tengo idea, amigo. A mí me trajeron esta mañana, y usted ya estaba en la sala.

    Toqué timbre varias veces, pero la enfermera nunca apareció. De verdad me moría de sed, así que me levanté y me metí al baño y tomé agua del grifo. Cuando regresé, el viejo parecía dormido y su cuerpo flotaba, como un globo, a unos cuarenta centímetros de la cama. Comenzó a convulsionar, y cuando abrió los ojos vi que los tenía en sangre y su rostro hacía muecas de dolor o sufrimiento. Salí de la habitación y cerré la puerta detrás de mí, con el corazón enloquecido en mi pecho. En ese momento, por el largo pasillo del pabellón, un paciente caminaba apoyado en un trípode. Tenía la bata abierta y había cosas que se movían en su espalda; volteó para mirarme, y su rostro era un cráneo sin ojos. Corrí en dirección opuesta y me encontré con la sala de enfermeras al final del pasillo. No había nadie allí, aunque me llamó la atención que el lugar estuviese tan sucio y desordenado, como si no se usara durante años. Algunos azulejos habían caído de las paredes y el mueble del escritorio estaba cubierto de polvo y de trozos de mampostería desprendidos del techo. Ante mi desconcertada mirada, el lugar se fue haciendo más y más vetusto, las paredes se fueron cubriendo de moho, las luces del techo titilaron y luego se apagaron, más trozos de mampostería cayeron y algunos vidrios de los ventanales estallaron hacia adentro con un estridente chirrido. Seguí corriendo y me encontré con una escalera: la bajé a toda prisa mientras percibía que el hospital entero temblaba sobre sus cimientos, como si fuera a desplomarse de un momento a otro. Finalmente encontré la salida y me abalancé sobre ella. Corrí unos metros en la noche y luego me detuve y miré hacia atrás, pero mi sorpresa fue completa al descubrir que allí no había ningún hospital, sólo un terreno cubierto de pastizales tan altos como hombres.
     Caminé unos pasos por la calle desierta, sin saber qué hacer. Enseguida me encontré con el vigilante del barrio que refugiado en su garita trataba de encender un cigarrillo. 
    -Hombre, no sabe lo que acabo de ver- le dije con voz temblorosa. El vigilante no me prestó atención, por lo que seguí caminando. Dos cuadras más adelante me topé con un grupo de personas reunido en la calle. Cuando me arrimé vi el coche rojo destrozado, y mi motocicleta hecha un amasijo de hierros retorcidos en la acera. Había un cuerpo inerte sobre una camilla, bañado por las luces intermitentes de la ambulancia. Me acerqué a tiempo para contemplar mi rostro ensangrentado y desfigurado, los ojos ya sin vida, antes de que uno de los paramédicos lo cubriera con una sábana.

                       LAS PRIMERAS PALABRAS DEL BEBE

Cuento de Terror 12: "Las Primeras Palabras del Bebé"
Se trataba de un foxterrier de mirada alerta y juguetona, que había congeniado de inmediato con el bebé. Dejaba que el niño lo acariciase y le tirara de las orejas o del pelaje. Incluso le enseñó a caminar, porque el bebé dio sus primeros pasos aferrado al lomo del animal. El padre había sacado varias fotos y siempre reía con su mujer recordando aquellos buenos momentos. 
   Por eso, cuando Boni murió atropellado en la calle por un coche, la madre se preocupó, pensó que el bebé echaría de menos al perro, aunque el hombre lo desestimó de inmediato: 
     -Tiene apenas un año, no se dará cuenta de nada. 
   Luego fue al patio trasero, extenso y repleto de vegetación, y comenzó a cavar la tumba del perro. Terminó a la media hora; la tierra era dura pero no hacía falta cavar mucho para enterrar el pequeño cuerpo del animal. Metió en el hoyo al perro, que estaba cubierto por una manta, y luego de pronunciar en voz alta una suerte de despedida comenzó a echar la tierra sobre Boni.
    Horas más tarde, mientras veía un partido por la tele, escuchó que su hijo en el patio decía “Oni, Oni”, y reía a carcajadas. 
   Salió de la casa para mirar, creyendo que el niño repetía la palabra por costumbre. Pero se quedó helado al ver a su hijo caminando al lado del perro, que tenía el pelaje manchado de barro y renqueaba de una forma muy rara. Ambos se dirigían hacia el fondo, hacia la tumba abierta, y cuando el hombre llamó a su hijo a los gritos, el animal se dio vuelta y le enseñó los dientes. Sus ojos eran rojos y el hombre de inmediato se dio cuenta que las intenciones del animal, o lo que fuese que caminaba por su patio, eran malignas. Agarró la pala que había dejado a un costado de la pared y comenzó a golpear al animal, mientras el bebé lloraba a todo pulmón y no dejaba de repetir aquel nombre que comenzaba a resultarle siniestro: “Oni, Oni”. 
   El hombre golpeó al perro hasta dejarlo convertido en una masa de carne y sangre, y enterró lo que quedaba de él en el agujero abierto. No le dijo nada a su mujer, quizás porque sabía que lo miraría como a un loco. Cuando llegó la noche, apenas pudo dormir y se despertó sobresaltado en medio de la oscuridad. Acababa de tener una pesadilla y tenía el cuerpo cubierto de un sudor frío. Se levantó y se dirigió hacia la cuna del bebé, pero ésta estaba vacía, y enseguida escuchó la voz de su hijo que desde el patio trasero decía una y otra vez: “Oooniiii… Oooooniiii”. 
   El hombre salió como un loco, y llegó justo para ver cómo esa cosa que ya ni siquiera se parecía a Boni arrastraba al bebé hacia el agujero del patio. El padre dio un grito y entonces la cosa se dio vuelta y lo mordió en la pierna. El hombre le respondió con una patada y luego agarró a su hijo y se metió en la casa, y pasaron el resto de la noche escuchando los quejidos del animal, que del otro lado rascaba la puerta para que lo dejasen entrar.  
Entonces, cuando quedamos con la nariz casi pegada al monitor de la pantalla, aparece el horrendo rostro maquillado de Linda Blair, acompañado de una música estridente que nos sobresalta hasta límites inconcebibles.
    Como todo el mundo, yo recibí esa broma y me dio un susto de los mil demonios. Pero a la noche no pude dormir muy bien, y cuando desperté al día siguiente me llevé la primera sorpresa. Al mirar la hora en el celular, descubrí que el fondo de pantalla del aparato había cambiado y ahora mostraba aquella cara demoníaca, que me miraba con los ojos en blanco. Solté una maldición y por poco no dejé caer el aparato. “Maldito Gutierrez”, pensé. Era él quien me había enviado el email con aquella estúpida broma. Era un compañero de oficina y nunca paraba de hacer esa clase de chistes. Cambié el fondo de pantalla por el anterior, que mostraba una isla paradisíaca, y luego me dirigí a la oficina. Tenía pensado decirle un par de cosas a Gutierrez, pero misteriosamente ese día faltó al trabajo y pese a que lo llamaron en varias ocasiones, nunca atendió el teléfono. 

    Me dispuse a iniciar las tareas del día. Abrí la notebook, mientras me tomaba el primer café, y entonces otra vez, el rostro endemoniado de Linda Blair me sonrió desde la pantalla de quince pulgadas. Salté de la silla y algunos compañeros se rieron, pero yo a esas alturas estaba completamente furioso. Apenas terminó la jornada laboral, a las seis, me dirigí a la casa de Gutiérrez. Vivía solo, al igual que yo, aunque él se había casado y luego la mujer lo había dejado por el profesor de gimnasia de los chicos. 
    Golpeé la puerta pero nadie me atendió. La casa era sencilla, de tejas rojas y grandes ventanales que daban al Porsche. Estaba por retirarme cuando vi que algo se movía detrás de los cortinados blancos. Retrocedí sobre mis pasos y traté de mirar hacia el interior, pero el reflejo del vidrio me impedía ver nada. Así que me hice sombra con ambas manos y pegué mi nariz al vidrio, y entonces fue que un rostro maligno y verde apareció del otro lado, emitiendo horribles sonidos y echando una especie de baba negra por la boca. Los ojos de aquella cosa eran del tamaño de dos pelotas de tenis y ocupaban la mayor parte de su cara. Sacó la lengua, que era tan larga como un brazo, y la pasó a lo largo del vidrio, primero hacia arriba y después hacia abajo, y luego su boca regurgitó una cantidad demencial de esa sustancia negra que casi parecía sangre coagulada o podrida. 
    Se vieron unos brazos que sujetaban aquella aparición y por un momento entreví el rostro de Gutiérrez, que trataba de alejar a su hija de la ventana. Gutierrez, ya lo he dicho, era un tipo jovial que aún no había cumplido los cuarenta, pero ahora parecía un anciano decrépito a punto de morir. Retrocedí dos o tres pasos, en dirección a la calle, y me tropecé con un hombre que se había parado frente a la casa de mi compañero de oficina. Volví para mirarlo, y vi que era un sacerdote joven, con un maletín en la mano y una cara de susto que debía lucir igual a la mía. 
    Salí corriendo de allí, y nunca más volví a saber de Gutierrez, aunque a veces, sobre todo en la noche, recibo un mensaje en el celular y cuando lo agarro para leerlo, me doy cuenta de que el fondo de pantalla ha cambiado de nuevo.